martes, 21 de octubre de 2014

Those dreams weren't as daft as they seem.

Cuando tenía 16 años imaginaba mi vida a los 18 totalmente diferente de como al final resultó ser.
Cuando cumplí 18 estaba triste. A los 19 algo cambió en mi, y fue algo bastante significativo.
A los 20 aprendí que no todo el mundo esconde sus sentimientos, y comprobé que si encuentras con quién compartirlos de forma recíproca, puede ser algo maravilloso. Alguien me enseñó, por aquel entonces, que los milagros existen, y que cuando eres feliz el tiempo pasa volando. Creo que nunca he visto el tiempo volar mas rápido que en aquellos momentos. Pero esa misma persona me enseñó también que el tiempo acaba marchitando todo. Aunque yo, por mi parte, siempre he pensado que solo marchita aquello que le dejamos marchitar, y que cuando tienes algo que te hace feliz no debes alejarte de ello.
Pero el miedo nos traiciona, nos acobardamos y, cuando creemos que es demasiado tarde, nos sentimos tan culpables de haber huido que no creemos merecer ese sentimiento de nuevo.
¿Y si resulta que nos lo merecemos y, no solo eso, sino que tampoco es demasiado tarde?
¿Y si resulta que lo que pensábamos que era un punto y final nunca dejó de ser mas que un bolígrafo sin tinta? ¿Y si era  stand-by y no un apagado definitivo?
El problema es que uno mismo nunca sabe el punto de vista del resto del mundo, y la sociedad nos anima a caminar siempre hacia adelante y no mirar atrás. Pero, ¿quién sabe si, a lo mejor, lo mejor de tu vida se quedó atrás, y no tuviste la valentía de volver a buscarlo?

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