jueves, 28 de abril de 2011

Y echaremos a volar.

Hay periodos sin inspiración en absoluto, y luego hay otros, como éste ahora, con demasiada inspiración. Bueno, 'demasiada' no es la palabra correcta, sino que es una inspiración tan sincera, clara y directa que sería imposible plasmarla aquí sin arrepentirme diez segundos después. No es esa clase de inspiración que hace que escribas una historia estúpida llena de metáforas sobre lo bonito que es sentir mariposas revoloteando en el estómago o sobre lo que sientes, sueñas o piensas en cada momento. Es mas del tipo de inspiración que hace que te encierres en tu cuarto, escuches música cuya letra describe a la perfección lo que sientes, llores hasta que te duelan los ojos y escribas 400 páginas de tu estúpido diario que lleva sin una sola novedad durante meses. Es esa puta inspiración que no sirve para absolutamente nada mas que darte cuenta de que eres demasiado débil, demasiado ingenua, demasiado estúpida, infantil, romántica, sensible, extraña... Te das cuenta de que los adjetivos que mejor te definen son de todo menos buenos y que nunca nadie se dará cuenta de lo bueno que tiene ser tu porque lo malo destaca sobre todo lo demás. Te das cuenta de que pides algo que no existe, algo que nadie mas que tu quiere, algo imposible de compartir. Piensas en lo idiota que eres por creer que soñar sirve para algo. Y te odias y te autodestruyes. Y prefieres quedarte sola que tener que fingir una sonrisa delante de la gente que se preocupa por ti. Y así es como todo vuelve a su punto inicial de partida: Agobio, odio, alejarte de la gente, perder, darte cuenta de que no ha servido para nada y que los problemas no desaparecen porque huyas de ellos.

Y yo, como soy así y no aprendo ni a patadas, volveré a hacer lo mismo.

O no.

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