domingo, 30 de enero de 2011

Mañanas alegres.

7.18 am. Llego a mi casa con demasiado alcohol en mis venas. O demasiado poco. Todo depende del punto de vista de quien lo mire...
Un coche peligroso que nos acerca a nuestro destino. Que sea nuestro destino predeterminado no significa que sea nuestro destino preferido. Quizás yo preferiría estar en tu cama. Quizás no, de hecho, estoy segura.
Y quizás prefería un poco de tu calor en lugar del que mi radiador desprende. Es un calor frío, no lo puedo sentir igual que puedo sentir un beso tuyo. Pues lo echo de menos. Sí, aquí y ahora. Ven.
La cobardía desaparece de pronto cualquier día de la semana, ni viernes ni sábado -o si, todo está por ver y, si hace falta, soñar o reflexionar.-, y se convierte en vergüenza, tan proporcional en su tamaño como en mi tontería, que no es poca.
Dame un abrazo, un beso, mírame, hazme creer por un segundo que te importa estar conmigo tanto como estar mirando el mar. ¿No te importa el mar? Es la mayor bendición: Con sus olas, y ese azul cielo casi tan precioso como tu. Casi.
Y escuchando esta canción que puede ser mas triste de lo que yo misma soy, o que puede no serlo. O que puede hacerme sentir algo, que ni tu mismo podrías. O si, porque parece ser que tu puedes hacerme sentir hasta la que toco la Luna. O qué se yo, si ahora mismo no se si pensar que me gustas, pensar que no, pensar que me gustaría estar viéndote, tocándote, besándote, que me gustaría -y me conformaría con- tenerte delante mientras me bebo mi chocolate caliente de todas las tardes. Y que sonrías... y sonreírte. Aunque mi sonrisa sea fea. Me haces sonreír, inevitablemente.
Pues ahora no puedo hacer nada, y todo está en tus manos. Y aquí estaré, poco a poco, como ya dije anteriormente, hasta que decida aquello de las mariposas... ¿Cómo era? Ah si, a otra cosa, mariposa. Y la vida sigue.





Suerte.

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