martes, 9 de noviembre de 2010

567

Un día que empieza extraño pero, inesperadamente, se vuelve bonito. Una noche entre abrazos y besos. Momentos normales que se graban en la memoria fácilmente y se convierten en recuerdos que guardar. Nuevamente abro esa cajita para que no se escapen.
Y despertarse de resaca, recordando igualmente todo lo que pudo haber pasado la noche anterior y, desde luego, lo que ocurrió. Un hasta luego y un beso de despedida que cuesta terminar. Como siempre, queda el recuerdo y la posibilidad de que sea hasta luego y no adiós. Nunca creemos que vaya a ser adiós.
Salir de casa la noche del hoy con una sonrisa en la cara y esos ojos felices y soñadores que tantos meses atras eran parte de tí y que, por alguna razón, ya no lo eran. Hasta ahora.
La noche que transcurre como cada noche de sábado, excepto por la sonrisa permanente y las pocas ganas de fiesta y alcohol. Pero a medida que van pasando las horas esa actitud cambia y lo único en lo que puedo pensar es que esa noche tenía que ser buena, muy buena, porque los números no engañan y mi interior me repetía una y otra vez ese en concreto. Así que había que ponerse a ello, debía mejorar.
Y después de bailar locamente, de sentirnos bien, de sonreír y de arder en el Sputnik como cada finde (porque somos un incendio sin control, ya lo sabes tu muy bien)... ocurre aquello que no había ocurrido nunca. Y es algo importante para alguien tan idiota como yo. Otra sonrisa que añadir a la colección que últimamente crece inesperadamente.
Y cuando crees que ya nada puede mejorar, mas que nada porque es domingo, llega 30 Seconds to Mars, una llamada sorpresa y un premio y hacen que, otra vez, un fin de semana cuyo viernes era 5, sábado 6 y domingo 7... sean mejor que geniales, rozando la perfección.
¿Qué podía haberlo hecho perfecto? Estar en Madrid, por ejemplo. Y mil cosas mas, pero... nunca lo sabré. Me conformo con rozar la perfección, y ésta vez lo he hecho. :)

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